Siempre le tuve miedo a las alturas. Siempre. Desde chica.
Y a los puentes. Cada vez que íbamos en el coche a Capital a ver a mis padrinos, pasar por el puente de la Boca era una tortura para mi. Pero casi inmediatamente después, sabía que venía algo que siempre me ponía la piel de gallina y me subyugaba ver: El primer espacio dedicado a la memoria de los Desaparecidos que vi en mi vida. Está sobre Paseo Colón. Yo no sabía qué era, no entendía el concepto de la desaparición. No me explicaron (o sí, y no lo recuerdo) lo que fueron las dictaduras ni la tortura sistemática de personas, la expropiación de bebés. Yo era chiquita, una nena que a penas pasaba el metro de altura. Pero ese lugar siempre me generaba esa sensación que hasta el día de hoy, y siendo buena con las palabras, no sé definir. Como de intriga. De querer entender. De la integridad de una persona. Cabe aclarar que el "monumento" consistía en una figura humana muy básica, de palotes, creo que le dicen en Psicología. Y creo que es por eso justamente que me produjo esa representación. La integridad: la dignidad.
Siempre le tuve miedo a las alturas. Y a los puentes. Y siempre le tuve miedo al rechazo. Para colmo de males, me tocó ser distinta, y por tantísimos motivos, (más de los que quisiera contar) que me llevaron a ese flagelo. A quedarme sola cuando todo lo que quise era que me acompañaran en sentimiento y en compromiso. Desde que tengo memoria me decretaron rebelde y me condenaron por eso. Se me calló desde el autoritarismo, cada vez que cuestioné la autoridad desde una necesidad de comprensión, y no desde una injustificada subversión. Se me calló desde el poder que da la visibilidad que da el tener adeptos, cada vez que expuse mi capacidad de raciocinio y mi inteligencia. Se me calló desde la superioridad que brinda la apariencia apolínea, cada vez que mostré que no me tocaron los genes de la belleza, sino los de la inteligencia. Resulté ser una gritona porque nunca supe cómo hacerme escuchar. Nunca supe cómo hacerme querer. No, al menos, siendo íntegramente yo. En todo aspecto. Ahí jugaba siempre aquella cuestión de la dignidad, de la integridad. Y todos nos acostumbramos tanto a escuchar para responder, en lugar de hacerlo para corresponder, o simplemente entender, o siquiera conocer. Y estoy segura que no soy la única, que no estoy sola. Pero cómo sortear el obstáculo del entendimiento si no se tiene la posibilidad de ser tenida en cuenta, ni de ser escuchada, ni de ser comprendida.
Siempre le tuve miedo a la incomprensión.
Siempre le tuve miedo a las alturas. Y a los puentes. Y al rechazo. Y a la incomprensión. Pero a lo largo de mi vida me he puesto voluntariamente delante de todos éstos. Y sólo porque es algo que no haría. Me enfrenté a todos, al viajar a sitios altísimos y someterme a la caminata de montaña; al cruzar más puentes de los que hubiese querido, aún con el miedo marcándome el paso trémulo; al sostener mis posturas aún en tiempos adversos; al insistir en querer, adorar, amar, y sostener relación con quienes no me correspondían y nunca lo harían, ni lo harán.
Y ahora que lo pienso, la comprensión es un puente que siempre me resultó insondeable.
Y es, tal vez por eso, que siempre les tuve miedo a los puentes.